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"Dios te ayudó; El águila consiguió comida de nuevo ": los cruzados nórdicos y el placer de matar


“Dios te ayudó; El águila volvió a comer ”: los cruzados nórdicos y el placer de matar

Por Pål Berg Svenungsen

Ponencia entregada en el Congreso Medieval Internacional 2013, Universidad de Leeds

Introducción: El juglar del siglo XII Bertran de Born contó en un himno de guerra lo que le producía un gran placer: ‘Os digo que ni comer, beber ni dormir tiene tanto sabor para mí como cuando oigo el grito de“ ¡Adelante! ”. de ambos lados, y caballos sin jinetes relinchando y relinchando, y el grito “¡Socorro! ¡Ayuda! ”, Y ver a los pequeños y los grandes caer a la hierba en las acequias y a los muertos atravesados ​​por la madera de las lanzas adornadas con estandartes. 'Para Norbert Elias este era un claro ejemplo de la relación entre el placer y la matanza en sociedad medieval. Los caballeros a menudo disfrutaban mucho al matar y torturar a la gente, algo que, según Elías, era un placer socialmente permitido causado por una falta de control social. Sin embargo, eran estos guerreros los que el papa Urbano II quería reclutar para su nueva empresa; el nuevo tipo de peregrinaje armado que más tarde se conocería como la Primera Cruzada.

Este artículo, sin embargo, no se centrará en la relación entre la emoción del placer y la matanza en la cruzada desde la perspectiva de la clase caballeresca europea, sino más bien desde la perspectiva de los cruzados de la periferia más septentrional de la cristiandad, el reino de Noruega. Los hombres del norte a menudo se describen en las sagas nórdicas como personas que disfrutan mucho matando, incluso haciéndolo sin una buena razón; como se ilustra en el famoso comentario de Þórgeirr Hávarsson, quien golpeó la cabeza de un pastor sin otra razón que "estaba en una buena posición para recibir un golpe". Entonces, ¿cómo se comportaron estos hombres en la cruzada?

La actitud clerical hacia la violencia en la Edad Media fue moldeada en gran parte por los pensamientos de San Agustín y, por lo tanto, también compartió su actitud ambivalente hacia la guerra. Por un lado, según Agustín, la guerra podía justificarse en función de la providencia divina, mientras que por el otro estaba condenada por las faltas internas a las que inevitablemente daba lugar. Las actitudes de la iglesia se matizaron aún más por juicios de valor basados ​​en una serie de variables, pero se prestó especial atención a tres criterios; el estado de ánimo de quienes perpetraron la violencia, los fines perseguidos y la competencia de la persona u organismo que autorizó los actos, que en conjunto permitieron a la Iglesia una considerable flexibilidad ideológica. La cruzada, sin embargo, era también un acto penitencial que, al menos en teoría, estaba regulado por la doctrina de iustum bellum que estipulaba que no debía emplearse más fuerza de la necesaria. Entre los cronistas hubo una fuerte tendencia a enfatizar el dolor y el sufrimiento experimentado por los cruzados como un signo de devoción; llevar la cruz de Cristo también significaba recrear los dolores de su pasión. Pero mientras que la Iglesia se centró en los placeres de ser asesinados, los mismos cruzados también revelaron algunas tendencias a disfrutar del asesinato real.


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